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El futuro como punto de partida

El primer paso es el que lleva un poco más de tiempo. No es tan fácil responder con seguridad a preguntas tales como: ¿Qué es lo que usted quiere? ¿Cómo se ve dentro de 5 años? ¿Dentro de 10? En definitiva, responder a todas esas preguntas que conducen al diseño de un proyecto de vida.

Entonces, el proceso terapéutico toma como eje conductor al proyecto, una vez que se logra definir, con la premisa de que en el camino todos los cambios al proyecto original son esperables y muy válidos, el plan de acción a desarrollar aparece, decanta solo.

El segundo paso implica la definición del plan de acción. A esta altura ya se han explorado tanto los recursos con los que el consultante cuenta, como aquellos que aún debe procurarse. Semana a semana se van evaluando las acciones realizadas y los resultados obtenidos. Así, el proceso terapéutico se convierte en un camino mensurable y eso justamente es lo que lo transforma en una terapia distinta, estimulante. No sólo la persona en forma subjetiva siente los avances que va logrando, sino que todo su entorno los percibe y este reconocimiento suele generar una mayor predisposición para seguir adelante.

El proyecto organiza el proceso terapéutico

Cuando la idea empieza a plasmarse en la realidad, comienzan a suceder cosas que nos suelen sorprender. Se ven posibilidades que antes no se tenían en cuenta o bien no se consideraban relevantes. Cuando las acciones se orientan hacia las metas, las cosas se comienzan a ordenar. Séneca dijo que ningún viento es favorable para el que no sabe adónde va. El proyecto funciona como “eje organizador” de nuestros días. De esta manera aparece naturalmente el orden de prioridades.

Puede suceder que una vez que pasamos a la acción nos demos cuenta de que nuestro objetivo no era tan consistente, nuestro compromiso para lograrlo no era tan fuerte. Esto significa también un avance significativo. A partir de allí dejaremos de pensar en aquello que quizás creíamos era nuestro deseo y empezaremos a visualizar un nuevo proyecto. Si no lo intentamos, no vamos a poder pasar a esta segunda instancia de replanteo.

Los obstáculos

Aquello que en el pasado fue un obstáculo, un problema a resolver, hoy forma parte de nuestros recursos. Superar obstáculos implica a menudo generar habilidades nuevas que de no habernos encontrado frente al problema, quizás no hubiésemos desarrollado nunca. Los obstáculos probablemente nos lleven a ampliar nuestra red de contactos, a investigar áreas desconocidas para nosotros, a establecer nuevas alianzas e incorporar aprendizajes.

El hábito de postergar

Hay asuntos que venimos arrastrando año tras año, cuestiones sin resolver que generan tensión cada vez que algo nos hace referencia a ello. Este es un indicio de que el tema sigue pendiente. Cuando creemos que ya no nos interesa, que dimos vuelta la hoja, la cuestión vuelve a “hacer ruido”, esto indica que sigue siendo un asunto postergado. Vale entonces preguntarse ¿porqué postergamos? O mejor aún ¿Para qué postergamos? La postergación sostenida en el tiempo genera malestar psíquico, a tal punto afecta nuestra calidad de vida que hoy es objeto de estudio en psicología conocido como “procrastinación” , y es así que solemos encontrarnos postergando hasta las más sencillas decisiones cotidianas.

La palabra procastinación deriva del latin Pro (adelante) crastinus (el futuro, el mañana) y se refiere a la tendencia de dejar para mañana, un mañana que suele no llegar nunca.

El hábito de postergar genera gran tensión al no completar aquello que decimos es nuestro deseo realizar. Pensemos en ejemplos muy simples, quien sabe que debe comenzar una dieta, al escuchar alguna conversación referida al tema comienza a sentir un malestar que no sentiría si al menos hubiese encarado una primera acción al respecto. No hace falta llegar al objetivo final para salir de la postergación, solamente con dar el primer paso el estado de parálisis cede y la persona logra pasar a un estado de acción que genera bienestar inmediatamente.

La postergación como hábito es una tendencia compleja. Hay muchos factores que pueden incidir.

Esperar la motivación puede ser uno. La motivación llega con la acción, prueba de esto es el caso de comenzar con una actividad física con continuidad en el tiempo, las personas que lograron crear el hábito suelen sostenerlo y dan cuenta de la necesidad que luego experimentan una vez establecido el mismo. Seguramente los primeros días debieron lidiar con el cansancio y la falta de voluntad, pero una vez superada esa etapa, la motivación surge naturalmente.

Otros factores que inciden en este hábito de postergar son la falta de tolerancia a la frustración y la búsqueda de la perfección. Sabemos que la acción implica riesgos, desafíos y posibles fracasos pero de eso se trata el aprendizaje justamente, de experimentar.

Los proyectos o emprendimientos personales también funcionan así. Si esperamos tener todos los recursos, entendiendo por ello, todo el tiempo, todo el dinero, todos los contactos y todo el apoyo externo, el proyecto se va a postergar quizás en forma indefinida.

La terapia basada en la elaboración de un proyecto plantea un esquema similar a la experiencia de conducir un auto. La mayor parte del tiempo es imperativo que la persona al volante mire hacia adelante, en ocasiones usa los espejos laterales y en otras el retrovisor, a diferencia de otros enfoques, este es un proceso terapéutico donde mirar hacia el futuro hace que surjan, como consecuencia de este ejercicio, las cuestiones irresueltas del pasado.
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Guillermo Carracedo
AAPP
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